La palabra fracaso nos aterra, no nos gusta. Es reconocer que nos hemos equivocado, que hemos fallado. Pero, ¿es esto realmente malo? Yo creo que no, porque todos nos hemos equivocado alguna vez.
Los grandes éxitos empresariales, esas historias que tanto admiramos y que han inspirado a miles de emprendedores han estado, la mayoría de las veces, precedidads de cagadas monumentales. Apple, por ejemplo, estuvo muy cerca de quebrar. FedEx lo mismo. Sobre esta última, hay una historia real de Fred Smith, su fundador, jugándose en Las Vegas en una mano de black jack los últimos 5,000 dólares de la empresa para garantizar el combustible para 1 semana más de operación. Smith ganó 27,000 dólares, y con esto compró tiempo para conseguir un financiamiento por 11 millones de dólares y sentó las bases de lo que es hoy esa compañía gigante y robusta. Steve Jobs regresó como hijo pródigo a la empresa que había fundado y de la que fue despedido sin piedad y el resto ya lo conocemos. Apple fue la primera empresa en la historia en llegar a un trillón de dólares en capitalización de mercado.
Estos son casos enormes, mediáticos y que se han estudiado incluso en universidades como grandes éxitos corporativos, pero el ¨fracaso¨ se hace presente en todos los colores y sabores de nuestra existencia.
¿A tí te han despedido del trabajo?. A mí si, y se siente del carajo. Cuando era yo bastante más joven, entré con bombo y platillo (según yo) al área de marketing de Warner Home Video, y cuando la venta de DVD´s estaba en su apogeo, autoricé erróneamente la portadilla de un lanzamiento importante para la empresa. Miles de portadillas se fueron a impresión incompletas y este error costó mucho dinero. Obviamente me pusieron de patitas en la calle y durante un tiempo me sentí la persona más imbécil del mundo.
Pero el tiempo pasó y decidí utilizar esta experiencia como aprendizaje para mis futuras experiencias profesionales. Desde ese momento aprendí a ser más cuidadoso, a revisar todo de manera más minuciosa y a dedicar tiempo a aprender lo que no sabía hacer. En mi caso había 2 caminos, quedarme paralizado por haberla regado o perder el miedo, crecer y aprender lo que fuera necesario para estar a la altura de los retos que se fueron presentando en los diversos roles que fui desempeñando.
A veces hay miedos e inseguridades, pero en ocasiones el miedo es un aliado poderoso. El miedo a fallar puede ser bueno si decides no quedarte en ese lugar y buscar ser mejor en lo que haces.
No todo ha sido color de rosa, pero si creo que gracias a tomar estas experiencias como motor de crecimiento me ha llevado a un mejor lugar.
Yo por ejemplo estoy aquí contigo, compartiendo esta lección que a mí me marcó y creo que me hizo un poco mejor.
Y esta lección es de lo más valioso, porque todos podemos intentar ser un poco mejores cada día. Los errores van a suceder y no te definen, al contrario, te hacen mejor cuando los tomas como escuela para transformarlos en experiencias para tomar mejores decisiones.
Y no tiene que ser necesariamente crear el siguiente unicornio, puede bastar con saber que si perdemos el miedo a fallar (porque vamos a fallar en algún momento) podemos estar en un mejor lugar para nosotros y para nuestro entorno.
Regarla es normal, lo que no es normal es quedarse a vivir en el error. Bueno, al menos es lo que te digo yo desde mi experiencia personal.